Los días habían pasado, y solo quedaban tres para que todo el equipo de su padre, emprendiera la marcha a Italia. Su emoción no podía ocultarse. Y durante todos aquellos días, poco había descansado. Cuando el sol se ocultaba en el horizonte, era cuando se dirigía a la ducha para quitarse la grasa de las manos y de la cara. Cenaba y en vez de salir a dar una vuelta con sus amigas, prefería sentarse en su ordenador y hacer funcionar un poco más su cerebro con la teórica mecánica.
Tan absorta estaba en la pantalla del ordenador, que no reparó en la llegada de su madre a casa de su padre.
-¡Cómo que aún no tienes las maletas hechas! –Regañó ésta, abriendo la puerta de su dormitorio sin llamar.
-¡Mamá que susto! –Se giró de sopetón hacia ella, con los ojos como platos.
-Responde –Puso los brazos en jarra-. En tres días os marcháis, y tú bien tranquila en el ordenador.
-Porque se prepara en un momento –Suspiró, yendo a darle un beso-. ¿Viniste sola?
-No –Miró a su alrededor-. Paul y tú hermano, están abajo con tu padre –Suspiró también-. Les doy cinco minutos más, y de seguro que van al taller.