Exactamente habían pasado tres semanas antes de que Mía se
encontrara con una enorme sorpresa en el portal de su puerta. Ni siquiera había creído que fuera posible,
pensó que estaba soñando o que tenía que ser alguien más. Pero no, era
Marcos. Sí que lo era. Estaba ahí, y le esperaba.
– ¡Marcos! –gritó y antes de siquiera razonarlo, corrió hasta
sus brazos, que la esperaban abiertos– ¿qué haces aquí?
– Mía… –él le besó en la
frente y le sonrió– no podía esperar más para verte.
– ¿Me extrañabas, entonces? –preguntó, sin pensarlo.
– Desde el mismo instante que partiste –contestó él de inmediato–
pero no sabes lo difícil que es encontrar tu casa.
Ella rió ante la sinceridad de sus palabras y la sonrisa de sus
labios. Era su Marcos, aquel que ella
había conocido y había pensado que no volvería a ver. No podía imaginar nada mejor en ese instante,
absolutamente nada.
– Un poco… –concedió– pero te dije que si la encontrabas, eras
bienvenido.