viernes, 17 de marzo de 2017

Tan Solo Amor 1° - Gaby Ruiz

Llega otra historia de nuestra querida Gaby Ruiz y su Saga Italia...

 


"Te extrañaría aún si no te hubiera conocido"


                                                                                                                   De la película: "Amores, enredos y una boda"

Prólogo
Marcos estaba parado en el altar.  Un lugar que sin duda le gustaría ocupar alguna vez, pero no había manera que él estuviera ahí.  Nunca se había enamorado, no lo suficiente, en cualquier caso.
Era extraño.  Él creía en el amor pero no lo había sentido.  Imaginaba que tendría que esperar pero no quería esperar.  Al contrario de muchos de sus amigos, él quería amar a una mujer para toda la vida y quería eso, ya.
Graciosa situación.  El mismo hombre al que le servía de padrino parecía no contemplar casarse nunca y ahí estaba, más que feliz mirando caminar por el altar a su futura esposa. Era una mujer bellísima, eran una pareja enamorada.  Eso se notaba.

Y él hizo un breve mohín involuntario.  ¿Por qué no le pasaban esas cosas a él? ¿Qué tenía de malo? ¡Ah claro, el querer enamorarse! Tal vez se esforzaba demasiado…
No era un hombre común.  Esto no era normal. ¿Por qué no? ¿Por qué no podía desear enamorarse? ¡Nunca lo había entendido!
Ah, pero cuando miraba a su hermana gemela a su lado, que afortunadamente no estaba, casi deseaba renunciar a las mujeres.  Solo casi.  Rose estaba loca y seguramente ahuyentaría a cada novia que él llevara a casa.  Como si pudiera haber llevado a alguna, primero debía conseguirse una.
Pero no había manera. Él lo había intentado pero las mujeres que había conocido o estaban demasiado interesadas en sus finanzas o sencillamente querían pasar el rato.  ¿Cómo se explicaba eso? Ah sí, él no era la clase de hombre que disfruta ese tipo de atención –había dicho su muy apreciada, aunque menor, tía Danaé. 
Tal vez era cierto.  Llegaría el momento. Solo debía… esperar.
***
Caminó por el pasillo como si lo hubiera hecho cientos de veces, como si con cada paso que daba no dolieran los trozos de su corazón.  No se suponía que debía doler así, no más, no de nuevo.  Habían sido años y, quien decía que el tiempo era lo mejor para sanar heridas, debería reevaluar su teoría.  No funcionaba.  ¡No… funcionaba… nunca!
Bueno, cabía la pequeña posibilidad, que simplemente no funcionara con ella,  y ahí terminara la historia.  ¡Oh sí! Y no había mejor momento para pensar en eso que camino al altar, sin duda, ¡qué grandes ideas tenía!
Todo era culpa de su hermana y su afán porque la acompañara con ese soso vestido.  ¡Cómo había estado tentada de quejarse pero no lo había hecho! Es que la quería demasiado, ella había sido su soporte cuando la tragedia cayó directamente sobre su cabeza.  De hecho, con cada pequeña tragedia, ella había estado ahí.  Y eso, no se lo podría pagar nunca.  Le había escuchado, consolado, intentado hacer reír y obligado a seguir adelante.  Eso era mucho.  Se lo debía y estaría ahí, con su mejor sonrisa.  En su boda, aunque su corazón se cayera a pedacitos.  De nuevo.

Capítulo 1
Al término de la ceremonia, Marcos estaba más seguro que nunca que era eso lo que él quería.  Nada menos que un gran amor, solo para él.  Estrechó la mano de Aidan, de quien era padrino de bodas, con una enorme sonrisa.
  ¡Felicidades nuevamente! –repitió Marcos mirándolo fijamente– te envidio. ¿Lo sabes no? –río cuando Aidan le fulminó con la mirada.
  Imagino que esa es la razón por la cual nunca antes habías sido padrino de bodas –dijo negando con la cabeza– eres increíblemente inoportuno. No sé cómo te arriesgas así…
  No me lo explico –se encogió de hombros– después del espectáculo de la tarde con tu hermano gemelo, creo que debería evitarlo.
  No me gusta recordarlo –frunció el ceño– ¿sabes lo molestoso que es tener una copia de ti caminando por el mundo?
  Oh si –río Marcos– solo que mi copia es femenina.
– ¿Cómo? –Aidan lo miró extrañado– ¿a qué te refieres exactamente?
  También tengo una hermana gemela –aclaró– Rose.  Es… bueno, está loca.
  ¿Debería extrañarme? –alzó las manos como si fuera obvio– todas las mujeres lo están.
  Creo que tu esposa podría no estar de acuerdo –río señalándole a su lado. 
  Toda regla tiene su excepción –Aidan aclaró mirando a continuación a su recién adquirida esposa, Eliane– y Eliane, en este caso, lo es –susurró.
Marcos miró al techo del salón y esbozó una leve sonrisa.  ¡Oh sí! Él encontraría a la mujer de su vida.  ¡Estaba cerca, lo sentía!
  He venido –Eliane llamó su atención– porque creo que no has conocido a mi hermana.  Ella me acompañó como mi dama –miró sobre su hombro– acércate Mía.
Mía puso los ojos en blanco y se acercó. Se sentía como una niña el primer día de escuela, ante su profesor.  ¡Ni que su hermana fuera su mamá! ¿Por qué había insistido en presentarlos? ¡Ya lo había visto! Alto, guapo, intensos ojos azules y sonrisa encantadora.  ¿Qué más había que ver? ¡Seguramente uno más de esos hombres imposibles! Porque, bueno, Aidan era ciertamente un hombre arrogante, o eso le había parecido desde el inicio, aunque luego pensara que tal vez se equivocó.  Y ese hombre, simplemente se le notaba en su porte y seguridad, arrogante y tal vez algo ¿tonto?
Marcos cayó en cuenta que no se había fijado en quien había acompañado a Eliane hasta el altar.  Sencillamente, se concentró en su papel y en los novios.  En sus ilusiones y lo que cada vez le parecía más totalmente imposible y estúpido.  O no.  Sintió que su boca se deslizaba ligera e involuntariamente al mirarla.  ¡Lo sintió! No supo cómo, simplemente lo sintió. ¡Tenía que ser ella! Solo podía ser ella.  ¿Cómo era posible que la conociera así? ¡Hace unos minutos él ni siquiera sabía que existía! Se suponía que debió verla hace horas pero no.  Apenas en ese instante… ¡Estaba en shock!
  Mía –continuó hablando Eliane con una gran sonrisa– él es Marcos, un amigo de Aidan –añadió con suavidad y la empujó para que se acercara.  Demasiado cerca, para gusto de Mía pero dibujó lo que pretendía ser una sonrisa y le extendió la mano.  Marcos se la tomó pero la estrechó contra él y le besó en la mejilla.  Mía se quedó sin habla, con los ojos como platos y su aroma embriagador envolviéndola.
  Es un gusto conocerte, Mía –soltó con lentitud, como saboreando cada palabra que se formaba en su boca.  Mía… Mía… le gustaba como sonaba.
  Sí, todo un gusto –murmuró Mía, aun tratando de recuperarse del temblor que le había recorrido al sentirlo tan cerca.  ¡Era totalmente absurdo!  Tan solo fue el impacto inicial, estaba totalmente segura de eso.
  Ya que se han conocido… –Aidan sonrió tomando la mano de Eliane– los dejamos para que bailen y espero que mi bella esposa haga lo propio conmigo –le estrechó la mano entre las suyas y se la acercó a los labios.
Se alejaron entre sonrisas y miradas de amor. Mía se sentía mal con tan solo verlos, porque eran una pareja adorable y que causaba envidia, sin duda alguna.  Y ella, ahí sola, con un hombre que a todas luces parecía tonto, porque no dejaba de mirarla como si se fuera a esfumar de un momento a otro, o como si tuviera cuernos o algo así.
  ¿Qué es lo que…? –decía Mía pero se quedó en silencio.  Había sido un total error mirarlo directamente a los ojos.  Aquellas profundidades azules la hipnotizaron de inmediato, la atraparon.  No tenía ni idea de lo que iba a decir.
  ¿Si? –Marcos le dedicó una sonrisa que le nacía en el corazón. 
Mía se quedó sin habla.  ¡Dios, ese hombre sí que sabía cómo sonreír!  Se sentía como una idiota frente a él.  ¿Qué le pasaba?
  Eh… ¿nos conocemos? –fue lo único que se le vino a la mente.
  No lo creo –Marcos negó y añadió– no podría olvidarme de ti.  Nunca.
Su convicción le asustó.  ¿Acaso estaba intentando conquistarla? ¿Así de directo? ¿Ella parecía de las mujeres que buscaban involucrarse con alguien que no conocían de nada?
– Creo… –Mía buscó sus palabras con cuidado– que estás equivocado. 
– ¿Ah sí? –Marcos río bajo– ¿y eso sería por qué…?
  Muy equivocado –confirmó Mía asintiendo con fuerza– yo…
Él elevó una ceja y Mía se maldijo mentalmente por estar pendiente de cada uno de los movimientos de ese hombre.  Cualquiera pensaría que ella jamás había visto a un hombre así de guapo en su vida, que se quedaba mirándolo como si fuera un dios. Seguramente, por eso, él pensaba conseguir todo con “facilidad” de ella. Pero jamás… ella no tenía ánimo de juegos.
  ¿Sabes? –Marcos se acercó y le tomó la mano.  Mía contuvo el aliento– creo que nunca antes en mi vida, he estado tan acertado en algo –diciendo esto, la llevó de la mano hacia la pista de baile y era una pieza lenta, por lo que él le pasó el brazo por la cintura y la acercó a él.  Le pasó sus dedos ligeramente por su columna, para relajarla ya que ella estaba tensa contra él–  solo es un baile, Mía –pronunció él, aunque sabía que no era solo un baile. No con ella.
Y Mía sintió eso.  A pesar de su resistencia, solo podía moldearse al cuerpo de Marcos y seguir el ritmo. Eso no estaba bien.  No era correcto… pero, no lograba resistirse.  Por lo menos, debía demostrarle que no era una mujer más que se rendiría a sus encantos, como seguro le ocurría a menudo.  Ella no, no se impresionaba fácilmente.  Pero… ¿a ella qué le importaba lo que él pensara? ¡No lo volvería a ver nunca más! No le interesaba.  Era un hombre cualquiera.  Ella no se sentía “así” con cualquier hombre.  Con ningún hombre desde… ¡bueno, sencillamente no volvería a sentir nada, como en el pasado, nunca más!  No importaba lo bien que luciera él…
  Sí, un baile –Mía miró a un costado, apoyando involuntariamente la cabeza contra su pecho.  Podía escuchar los latidos acompasados de su corazón. ¡No, esto no iba bien!– ¿cómo conociste a Aidan? –algo que no requiriera mucha concentración de su parte.
– ¿Aidan? –preguntó Marcos y ella asintió. Él esperaba que lo mirara, pero no lo hizo.  No importaba mucho, sentirla apoyada en su pecho era todo lo que necesitaba para saber que era ella y no estaba equivocado– Somos socios en algunos negocios. Es un hombre brillante, muy visionario.  Así que nos asociamos y congeniamos no solo en proyectos, sino en carácter.  Nos convertimos en amigos también y… aquí me tienes, años después, siendo padrino de su boda. 
– Muy interesante –Mía dirigió su mirada hacia él.  Tenía curiosidad, pues apenas había notado que tenía acento– ¿de dónde eres? Hablas perfectamente, a propósito.
  Gracias –sonrió él, halagado– ¿el acento me delató verdad? –ella asintió y él río– soy italiano. Supongo que de eso no puedo desprenderme del todo aún.
– ¿No te gusta tu acento? –ella preguntó curiosa.
– Para nada.  No tengo problema con ser italiano. Amo mi país y mis raíces –aclaró y de pronto, su mirada se tornó muy seria, como si estuviera a punto de decir lo más trascendental de su vida– Mía…
Su tono la asustó.  De inmediato escondió su rostro en su pecho y rezó para poder mantenerlo ahí hasta el final de la canción.  No le importaba abrazarlo como si la vida se le fuera en ello. Solo sabía que no debía mirarlo.  ¡Solo lo sabía! No era lógico, pero nada estaba siendo lógico en esos momentos.  Desde que lo había visto, se sintió perdida, desorientada y confundida. ¿Qué estaba pasando?
  Mía –Marcos repitió y, a pesar suyo, la alejó un poco, solo lo justo para poder tomar su rostro con una mano y elevarlo hacia él.  Sonrió al fijarse en sus ojos grises, confundidos y llenos de ¿temor? ¿Acaso ella también lo “sentía”? ¡Tenía que sentirlo, estaba seguro!–  ¿Por qué tardaste tanto? –soltó y la estrechó nuevamente.  Como si no pensara soltarla nunca más. Como si no pudiera. Como si su vida dependiera de dejar sin aire a la persona entre sus brazos.  ¡Era ella! Tanto tiempo y estaba ahí, con él.
Mía se sintió abrumada, por segunda vez desde los escasos minutos que lo miraba.  No sabía a qué momento se habían alejado de la pista y estaban en el jardín.  No sabía qué hacía en sus brazos ni por qué se sentía tan… natural.  Estaba asustada y, sin embargo, se permitió envolver por él y se aferró también.  No veía manera de alejarse.  Pero debía hacerlo, aun cuando la vida se le fuera en instantes.

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