viernes, 10 de febrero de 2017

No puede ser amor 33°- Gaby Ruiz



Danaé sintió que su estómago se encogía ante la mirada de esos ojos azules clarísimos. Jamás había visto a Alex así, ni siquiera cuando Aurora y Christopher estaban juntos.  Pensó que lo había visto triste antes, pero no tenía ni una idea. Ese era Alex, sin escudos de encanto, risa o bromas, no. Solo Alex.
¿Podría decirle que no? Imposible.
–Por supuesto –asintió y miró a Kyle–  yo te alcanzaré más tarde en la sala de espera –soltó y cuando él iba a protestar le tomó la mano– iré, lo prometo –dijo mirando fijamente sus ojos verdes.
–Está bien –trató de sonreír genuinamente Kyle– es bueno verte por última vez, Alex –soltó en tono de reprimida furia.

–Sí, igualmente. Espero no verte más por aquí –contestó, sin lograr evitar la provocación de Kyle.  Él no había venido a pelear con nadie, solo a hablar con Danaé… pero haría lo que tenía que hacer. 
No fue necesario nada más porque Kyle se alejaba mientras él tomó asiento frente a Danaé. La observó en silencio porque todas las palabras que había ensayado la noche anterior (y realmente había sido una larga noche pensando en eso) se tornaron vanas, sin sentido.  No podía recitarle algo como si fuera un guión aprendido. No.  Esa era Danaé. Siempre habían podido hablar naturalmente. Tenía que lograrlo.
–Danaé, he sido un tonto durante todo este tiempo  –empezó con tono dudoso– jamás me había planteado la idea de que estuviera tan ciego.  No pensé que lo estuviera, no pensé que una persona pudiera estar tan equivocada durante toda su vida. Tenías razón, tenías absolutamente toda la razón cuando dijiste que no veía más allá del autoimpuesto límite, mi horizonte se había opacado por lo que pensé era el sentimiento más grande que podía sentir jamás –Danaé hizo un mohín que le arrancó una sonrisa– pero era un espejismo.  Una fantasía de mi mente infantil que prevaleció durante toda mi vida. Tengo veintisiete años Danaé, de los cuales pensé que había amado durante casi veinte años a la misma mujer.  No fue así, nunca fue así –Alex suspiró mientras se mecía sus cabellos rubios– pensé que lo sabía todo. Que mi historia tenía que ser de aquellas que amas a alguien toda tu vida y lo consigues.  Supongo que me gustaba sufrir e imaginarme como alguien que ama sin ser correspondido.  Alcanzar lo inalcanzable. ¿Cómo no me di cuenta antes? Fui tan solo uno más, encantado por algo que no conocía, que de haber conocido jamás hubiera tomado en cuenta siquiera. Porque Danaé, yo… –trató de respirar hondo, para ordenar sus ideas.  Era muy probable que no lograra seguir su lógica ya que ni él mismo podía– pude amar pero no lo hice.  Por perseguir una ilusión de mi mente me negué a mi mismo a una relación con alguien real, y quien sabe, hubiera sido una buena ¿no? –Alex bajó su mano hasta la mesa, dejándola ahí– pero nunca lo sabré.  Solo que… si hay algo que me mata. No puedo imaginarme el dejarte ir sin decirte que tenías toda la razón Danaé porque… porque te tenía tan cerca de mí y ahora… ahora solo siento que… –él no sabía qué quería decir. No lo entendía–. Bien, sé que no puedo pedirte que te quedes. Quizás podría y antes lo habría hecho, egoísta de mí, solo pensando en mi felicidad. Pero no. Sé que es necesario que te vayas, con él.  A Canadá.  Créeme que mi objetivo al verte alejándote de mí anoche fue detenerte.  Había soñado tantos años contigo, con nuestro beso en el jardín sin saber que si existías y no eras solo una fantasía, que imaginarte lejos nuevamente era insoportable. Pensé que vendría dispuesto a convencerte de quedarte conmigo porque… porque… –Alex negó con la cabeza– no importa ya.  Solo quiero darte las gracias, porque nadie más se atrevió a gritarme para sacarme de mi encierro, solo tú fuiste capaz de ver más allá. Lo que yo soy.  Lo que realmente soy y no lo que aparento. Gracias.
Danaé sintió que sus ojos se inundaban de lágrimas y pestañeó repetidamente para contenerlas. Ella no iba a llorar frente a Alex, no era que le hubiera dicho algo extraordinario. Bueno, en realidad sí. Él valoraba su presencia, había estado junto a él incontables veces, sabiendo que no significaba nada para él, pero no. En realidad, él había sabido y ahora tenía la certeza que era la única persona que había visto más allá de lo que él aparentaba ser.  ¿Qué podía ser mejor que eso? Bueno, si él hubiera dicho que…  Pero no. 
Alex se sentía agradecido con ella.  Lo había liberado aquella noche del embrujo de Aurora y ella misma se había despedido del enamoramiento de Alex.  O tal vez, no. 
–Alex –Danaé acercó su mano hacia el rostro de él y tocó un mechón de cabello rubio– yo siempre te quise mucho, muchísimo. Siempre me cuidaste y cuando hablábamos, era estupendo.  Tan natural y… no lo sé.  Maravilloso –sonrió como si sus ojos miraran recuerdos– pero pasó.  Crecimos, hemos madurado y nuestros caminos son distintos ahora.  Quizás –concedió– en otro tiempo, me hubiera quedado si lo hubieras pedido pero esta vez, no.  No más, Alex.  Eres muy amable por venir aquí a decirme lo que probablemente jamás has dicho a nadie más pero no hay nada más que yo pueda hacer. Los dos estamos libres y necesitamos seguir nuestros caminos. Sí, estoy convencida que puedes tener una hermosa relación y será alguien muy afortunada –intentó sonar segura y risueña, pero temía que en cualquier momento se echaría a llorar– quiero saberlo cuando suceda para darle mi aprobación ¡eh! –bajó la mirada– te deseo toda la felicidad Alex. Realmente. Espero que encuentres alguien a quien amar… –se mordió el labio y se levantó– temo que es hora de irme o perderé el avión. Hasta pronto, Alex.
–Danaé –él tomó una vez más su mano, levemente, solo para que se detuviera– yo no quiero a nadie más. Te quiero a ti –pronunció asiéndola con fuerza– solo a ti.
Danaé contuvo el aliento. Clavó sus ojos dorados en el pecho de Alex, incapaz de mirarlo a los ojos. No podía.
– Alex, yo no sé qué decirte.  Es tan repentino que… –él le puso un dedo en sus labios, silenciándola.
–Lo sé.  Necesitas tiempo, lo entiendo –Alex asintió y ella negó– ¿no?
–No. Solo recuperar el control de mi mente –rió nerviosamente y él sonrió– ¿por qué ahora?
–¿Por qué no? –Alex acercó su mano al corazón– yo no quiero esperar.
–Pero dijiste que no me pedirías que me quede…
–No lo haré –confirmó él.
–Pero…
–Tú necesitas ir.  Yo lo entiendo, pero estoy dispuesto a esperarte.
–¿Tú me esperarás? –Danaé abrió la boca en signo de sorpresa– ¿lo harías? 
–Siempre –él la estrechó entre sus brazos– estaré aquí, esperándote.
–Alex, yo… –ella le pasó los brazos por la cintura– no sé qué decirte.
–Dime que ese “tal vez” de anoche… será un sí.
–Sí… –pronunció Danaé alzando los ojos hacia su rostro– es un sí.
Alex bajó su rostro hasta tocar los labios de Danaé. La besó como si no hubiera nadie más ahí, porque la extrañaba ya. Se separaron y, la dejó ir.

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