jueves, 30 de junio de 2011

Ganar el perdón 2° parte


Cuando pudo librarse de los custodios, Katherine corrió con todas sus fuerzas intentando alcanzar el auto en el que se alejaban Nicholas y su hija, pero fue inútil.
Agotada cayó de rodillas en medio de la calle, un policía de tránsito se acercó a ella para quitarla de allí.
-¿Señora, está bien? – le preguntó.
-No - respondió ella y se dio cuenta que las lágrimas caían por su rostro. Dio un par de pasos y se desmayó.


Katherine despertó un par de horas después en la sala de una clínica. Le explicaron que le había bajado la presión y que debía reposar un par de horas antes de que le dieran el alta, allí acostada, recordó el pasado.
Se habían conocido cuando tenía veinte años y él veinticinco, ni siquiera había tenido la oportunidad de pensarlo, simplemente se había enamorado de él y se había entregado en cuerpo y alma.
Era imposible resistirse a un hombre tan atractivo y encantador, además ella estaba sola en el mundo y Nick la había hecho sentirse amada.
Había sido su primer y único amor.
Creyó que él la cuidaría, que la mantendría a salvo, sin embargo la había dejado ir sola al infierno.
Ella había descubierto muy tarde que el hombre que amaba era un rico heredero, totalmente incompatible con una pobre huérfana. No había querido creerlo, y Nick le había jurado que la amaba, más allá de todo. Ella había confiado ciegamente en sus palabras, en sus caricias.
Hasta que él se marchó, supuestamente debía a ayudar a su padre en unos negocios, le juró que al volver se casarían y estarían juntos para siempre.
Pero los días fueron pasando sin tener noticias de él, en cambio descubrió que esperaba un hijo. A medida que el tiempo pasaba su ansiedad se volvió preocupación y luego se convirtió en un miedo que ni siquiera se animaba a nombrar.
Tal vez  a él le hubiera sucedido algo o tal vez, y era el peor de los temores, no la amaba más.
La panza ya se le notaba cuando fue a buscarlo, entonces quien la atendió fue la prometida de Nicholas, una mujer de la misma condición social de él. Una mujer que le dejó en claro que él no la quería, que sólo había sido un pasatiempo, una mujer que la acusó de querer atraparlo con un hijo y la echó como a un perro.
Salió de allí con el corazón roto, mientras con la mano se acariciaba el vientre, no quería que su hijo sufriera por el dolor que ella sentía.
Pero aún entonces, no quiso creer y lo esperó. Esperó que él regresara a ella, lo esperó incluso el día que fue sola al hospital a dar a luz al bebé, lo espero cuando le dijeron que su hijita recién nacida había muerto, pero él jamás llegó.
Su mundo se derrumbó entonces, la ilusión de felicidad que había creído poseer se destruyó arrastrándola consigo.
Pasó mucho tiempo hasta que logró recuperarse y fue gracias a la pintura que pudo recuperar las ganas de vivir.
El arte le permitió expresarse, exorcizar el dolor, y también se convirtió en una forma de vida, sus cuadros comenzaron a venderse muy bien y se ganó el reconocimiento en el mundo artístico. Pero no firmaba como Katherine, para pintar usaba un seudónimo, se llamaba Perséfone como la inocente doncella arrastrada al infierno por el dios Hades.
También ella había sido arrastrada al mundo de los muertos por un hombre que semejaba un dios, también ella había logrado regresar después de una gran lucha.
Y ahora, tantos años después, volvía a ser arrastrada. Sus sentimientos actuales ni siquiera la dejaban respirar.
Nicholas la había engañado de una forma imperdonable, le había robado a su hija haciéndole creer que estaba muerta.
Pero más allá de la ira que sentía, había una luz que la mantenía a flote como si fuera un faro: su niña estaba viva y esta vez tenía las fuerzas para luchar.
Con la misma intensidad que una vez lo había amado, ahora odiaba a Nicholas Laurent, iba a recuperar a la pequeña y destruirlo.







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