El tiempo juntos cada vez parecía más corto. Mía no podía recordar la cantidad de veces
que se habían despedido en el aeropuerto y que lo había encontrado en la puerta
de su casa. Pero ya se acostumbraba a él y tenía que partir, ya no quería
dejarlo ir. Cada vez era más difícil, pero no sabía que podía hacer. Más de 6
meses así.
No era justo, lo supo cuando fueron juntos a comprar en el
supermercado y había una pequeña niña ahí.
Él le alcanzó algo que ella quería y sonrió. Fue la sonrisa más tierna
que le hubiera visto nunca. Él quería una familia, quería una esposa e hijos de
los cuales cuidar. Y ella solo le estaba
dando largas, evasiones y sabía que no importaba lo que pasara, no podría
decidirse. No lo haría, no podía.
Seguía siendo egoísta o lo dejaba ir. Una de dos. El momento había llegado.








